Pamema IX

Juan no quería llamarse Juan, en los malos días se sentía como una copia de los muchos Juanes que por ahí circulan, sin más gracia que la de ser Juan a secas, al menos no tenía que soportar que le llamaran Juanes, Juanca, Juanjo, era insoportable escuchar cómo eran llamados sus "tocayos" sin poder decir nada a cambio y ante lo cual terminaron acostumbrándose, muy a su pesar, pero, él no, él era Juan y en los días buenos no podía negar que le daba cierta satisfacción el sentirse un producto puro ante las variaciones dadas para acompañar el nombre.



Juan odiaba las clases de matemáticas desde el día en que "Juanito" tenía 8 manzanas y se comió 5, obviamente  también odias las manzanas.

Juan sale a trotar cada mañana, son 10 kilómetros que lo hacen sentirse mejor persona, en las que el mundo es todo suyo una zancada tras otra, de regreso a casa se sintió placenteramente cansado, tomó un poco de aire y cerró los ojos para abrirlos un par de días después.

Abrió los ojos y se encontraba en un lugar blanco, frío y desconocido, sentía su cuerpo adormecido y la garganta seca, a continuación una amable doctora entró en la habitación y dispuesta a contarle lo que había sucedido: un accidente cerebrovascular lo había seleccionado como víctima, así que necesitaba descanso y algunos exámenes para saber cómo se encontraba realmente, él escuchaba atentamente mientras entendía la mitad de lo que le decían, al terminar la doctora le preguntó si tenía alguna duda, ante lo que él con cara de susto se aventuró a decir: ¿cómo me llamo?  - no lo sabemos- contestó ella - pero, después de mirarlo un rato decidimos llamarlo Juan, creemos que tiene cara de Juan- ¿Juan?, me gusta, dijo él con una sonrisa y se volvió a dormir.

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